A Julio Medem

Las primeras líneas que traigo a este apartado-homenaje a Julio Medem se encuentran en la introducción de mi trabajo final de segundo año del doctorado de Historia del Cine (en la Universidad Autónoma de Madrid), en el cual me propuse mostrar las conexiones temáticas existentes entre el primer largometraje de Julio Medem, Vacas (1993), y la novela Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez. No puedo decirles que es un análisis que merezca un Pulitzer (ni siquiera el premio TVyNovelas), pero gasté varios meses de mi vida en Madrid escribiéndolo. Sé que hay en este algunos datos útiles e interesantes, sobre todo para los que están estudiando la obra del realizador. Aquí, el primer capítulo. Podrán encontrar datos de la biografía y filmografía de Medem, así como ciertos apuntes sobre la novela del Nobel colombiano.

La historia
A las once de la mañana, después de dieciocho meses de encierro voluntario, el escritor salió de su habitación con una gigantesca pila de hojas mecanografiadas organizadas estrictamente. Eran, en total, cuatrocientas noventa y cinco cuartillas holandesas con la tinta aún fresca (1). Un número muy inferior a los centenares (dicen que miles) de páginas que habían sido sacrificadas en el proceso de edición, fueron tantas las descartadas que con ellas se habría podido escribir dos veces la historia de Roma. Pero las casi quinientas que sobrevivían daban vida a la que seguramente sería su obra cumbre -lo presentía-.

Solía teclear en la máquina de escribir de nueve de la mañana a tres de la tarde sin hacer una sola pausa. Sin embargo, ese día, el final del libro se le había adelantado como un bebé prematuro y salía del vientre materno (paterno, en este caso) cuatro hora antes de lo esperado. Cuando puso el último punto sintió espanto, se daba cuenta de que al terminar el texto estaba acabando también con su querida ceremonia diaria. “¡Carajo!” Miró el reloj con desaliento. ¿Podría sobrevivir a tanto tiempo libre?

Dio un paseo por casa pero no encontró a nadie a quién contarle sobre el maravilloso nacimiento de su obra y, al mismo tiempo, la increíble muerte de su rutina. Intentó con el teléfono: fue en vano. Apenas sintió los pasos de su mujer entrando a ‘La Cueva de la Mafia’, el cariñoso nombre con el que se conocía a su casa ubicada en la calle Loma 19 del barrio San Ángel Inn (México D.F.), corrió a su encuentro y la puso al tanto. Ella, Mercedes, sin decir una palabra, metió las páginas cuidadosamente en un grueso sobre y se dirigió al correo. Llevaba en sus manos la recién acabada novela de su marido, esa que, esperaba, les ayudaría a pagar los nueve meses de arriendo que debían y a saldar las deudas contraídas con el panadero y el carnicero, durante el tiempo en que su esposo, Gabriel García Márquez, había estado enclaustrado. Justo antes de depositar el preciado paquete con destino a Buenos Aires, miró al cielo, giró la cabeza de un lado a otro como si se sintiera espiada, recordó los sufrimientos del último año y medio de su vida, y temblorosa lo dejó en manos del servicio postal sin parar de pensar: “¿Y si después de todo resulta que la novela es mala?”(2)

Pero las preocupaciones de Mercedes Barcha desaparecerían pronto porque la novela, titulada Cien años de soledad, publicada en 1967 por la editorial argentina Sudamericana, “suscitó en seguida un concierto unánime de elogios. Apenas seca la tinta con que se escribió se proclamó obra maestra. Éxito crítico, éxito de librería y éxito internacional”.(3) Así que todas las deudas fueron canceladas sin problema.

Mientras el libro de Gabriel García Márquez ganaba loas y adeptos, del otro lado del globo, Julio Medem, un niño nacido nueve años antes en San Sebastián, territorio vasco de una España aún gobernada por el dictador Francisco Franco, empezaba a sentir inquietud por la cámara Super-8 con la que su padre frecuentemente lo grababa. ¿Qué había detrás de esa lente? Cuando apenas iniciaba la siempre intrigante etapa de la adolescencia, ‘Julito’, sumergido en su soledad y timidez, decidió que debía desentrañar el misterio de la máquina de mirar. Entonces de noche, cuando su papá dormía, asaltaba el armario donde reposaba el aparato y comenzaba a rodar, casi siempre acompañado de su hermana Ana, su primera musa y modelo. Sí, había algo misterioso en todo este asunto:

[…] aquello comenzó a intrigarme. Me daba cuenta de que, colocando la cámara en varios lugares de la casa, y montando después lo rodado, creaba una convergencia espacio-tiempo que era ya algo diferente. Encontraba allí un enigma que no sabía definir, pero que me fascinaba mucho, porque entendía que algo de mi se estaba trasladando a las imágenes y quería averiguar de qué se trataba. Descubrí que ese juego me permitía convocar o ver algunos sitios imaginados, que me ayudaba a entrar en lugares o atmósferas a las que no tenía acceso en los laberintos de mi cabeza y que me seducían sin que yo supiera por qué. La cámara y la moviola me ayudaban a evocarlos para ver qué podía ocurrir, porque no sabía lo que podía suceder cuando tomaran forma en las imágenes y tampoco podía predecirlo.(4)

Aunque aprendía con rapidez a interpretar los secretos de la máquina había un enigma que aun no lograba descifrar: las niñas (“¿Por qué corren las niñas?”) (5). A sus catorce años era un aventajado con la cámara –¡matador!– pero le costaba muchísimo comunicarse con las chicas. Tanto que su vecina, de quien estaba profundamente enamorado, nunca se enteraría del secreto amor que guardaba el joven Medem. Él prefirió callar, y después correr. De hecho, la segunda etapa de su adolescencia la dedicó por completo al atletismo, a las carreras de obstáculos, al triatlón, el decatlón, todas esas disciplinas que lo mantenían en la pista, alejado, en su propio mundo.

Estuvo apunto de ser becado para las olimpiadas, sin embargo, su interés por el deporte disminuía. A los dieciocho años, tiempo después de haber hecho un brindis en el patio de su colegio por la muerte del Generalísimo,(6) en medio de una España confundida, se marchó a Soria a estudiar medicina, paso obligatorio para seguir el camino que realmente le interesaba: el de la psiquiatría. Por esos días un nuevo libro de Gabo, El otoño del patriarca, se encontraba a la venta en las librerías.

El médico y las vacas
Al final, se graduaría en Medicina y Cirugía General por la Universidad del País Vasco. Sin embargo, como era de esperarse, el proyecto de cineasta que había dentro de Medem terminaría ganándole la partida al doctor licenciado que se leía en su diploma. Estaba de vuelta en San Sebastián y permanecería ahí, en su territorio, durante un largo período dedicado a lo que sin duda era (y es) su mayor pasión: el cine.

También tenía tiempo para la literatura, de hecho pasaba largas horas con García Márquez –“y lo primero: Cien años de soledad”–, Cortazar –“Rayuela la leí muchas veces”– y Borges –“quien sabía hablar de la densidad de las cosas, de lo que está más allá”–.(7) Lentamente retomaba el impulso de sus épocas de súper ocho y era también animado por la efusión que le había despertado la película El Espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice. Al verla sintió una “gran sacudida”.

Me produjo un shock enorme y me hizo plantearme, de hecho, lo que realmente quería ser. La vi con retraso, cuando tenía ya diecisiete años, pero caló muy hondo en mi interior. Me fascinó descubrir que en la línea armónica de sus imágenes había un agujero misterioso y lúgubre, pero también dulce y cálido.(8)

Aunque antes de graduarse había rodado su primer corto, El ciego (1976), y después vendrían El jueves pasado (1977) y Fideos (1979), en el que salía la chica que era su amor secreto; fue hasta mediados de la década siguiente que su trabajo empezaría a tener cierto reconocimiento. Mientras Medem, que se tomaba el cine cada vez más en serio, colaboraba como crítico cinematográfico en el diario vasco La voz de Euskadi.

En 1982, el mismo año en que Gabriel García Márquez recibe el Premio Nobel de Literatura –el 2 de octubre–, realizaría Teatro en Soria. Pero es hasta 1986, con el cortometraje Patas en la cabeza —para el que contaba con un presupuesto de tres millones de pesetas fruto de un subsidio del gobierno Vasco— que sus creaciones empiezan a llamar la atención en los certámenes audiovisuales. Sus ‘Patas’ ganaron ese año el premio al mejor corto en el Festival Internacional de Documentales y Cortometrajes de Bilbao. Poco después recibiría el premio Telenorte por Las seis en punta (1987) y sería el asistente de dirección y editor de Crónica de la segunda guerra carlista, dirigida por José María Tuduri. Él lo puso al tanto, con detalles, de los conflictivos sucesos y herencias del Carlismo. Una temática que Medem abordaría en su primer largometraje. Pero eso será más adelante. Por ahora sigamos con la agitación que vive su carrera cinematográfica a finales de los ochenta.

Proyectos no le faltan: edita La espalda del cielo (1988), de Germán Beltrán, realiza un filme educativo para jóvenes periodistas, El diario vasco (1989) y edita El puente (1990), de Koldo Izaguirre. Quizás su única gran desilusión se la había producido el cortometraje Martín (1988) que rodó para la serie ‘Siete Huellas’, a cargo del reconocido productor Elías Querejeta, a quien no le gustaba nada la idea que había presentado el joven realizador y lo forzó a cambiarla. El resultado final no satisfacía ni a uno ni a otro. “Fue una mala experiencia” (9) , recuerda Medem.

¿Y después? ¿Qué paso después? “[…] nada. Cambios en la administración del gobierno suspenderían los subsidios para los nuevos directores que no hubieran demostrado tener un futuro comercial con sus filmes y Medem volvía a ser de nuevo un médico desempleado” (10) . Le faltaba dinero así que tuvo que marcharse de San Sebastián y establecerse en Amasa, una pequeña población de unos 5.500 habitantes a 20 kilómetros de Donostia. Ahí viviría los tres años siguientes, en medio del monte, mantenido por su mujer que trabajaba como médica residente, ocupándose de su hijo Peru, de las labores del hogar y escribiendo con desenfreno.

La mayor parte de ese tiempo […] la pasé aislado y en medio de cierta depresión […] Después de desayunar, me ponía a escribir todos los días un cuento, sin pensar de antemano sobre lo que iba a hablar, pero casi siempre sobre una mentira. Comencé a sentir insomnio y me sentía lejísimos del mundo civilizado […] Me entretenía viendo a las vacas en la campa que tenía delante: allí vi como el veterinario metía el brazo en el útero de un ternerillo y luego lo sacaban tirando de la cuerda con un tractor.(11)

De esa época de aislamiento y observación surgiría su primer largometraje que, claro, teniendo en cuenta lo anterior sólo podría llamarse así: Vacas. Se fue a Madrid con catorce copias del guión bajo el brazo. Visitó varias productoras pero las puertas se le cerraban una tras otra. Nadie quería asumir tal riesgo. Se preguntaba si alguien medianamente sensato aceptaría el reto de financiar una obra con semejante nombre. Tuvo que regresar a casa con las manos vacías.

Se vienen las ardillas
Volvió a refugiarse en la escritura, por ese entonces comenzaron a surgir las primeras ideas de la que después se convertiría en su segunda película, La ardilla roja. Precisamente cuando estaba totalmente sumergido en esta nueva tarea y las esperanzas de realizar su guión habían desaparecido casi por completo, recibe la llamada de Fernando Garcillán quien le daría la buena nueva: debía prepararse cuanto antes porque Vacas se iba a llevar a la pantalla grande.

Sin embargo la concreción de su obra no sería una labor sencilla y ausente de calamidades.
Cuando la preparación del rodaje estaba ya en marcha, al cabo de tres meses me dijeron que el guión completo era muy caro y que, para seguir adelante con el proyecto, tenía que reducirlo casi en un tercio. Pasé dos semanas fatal, pero, si quería hacer la película no me quedaba otro remedio que aceptar. Tuve que quitar veinticinco secuencias completas. (12)

Y además se vio obligado a modificar el final que, según el guión original, ocurría en Brasilia donde Peru, el último de los Irigibel, daba a conocer en una exposición fotográfica a los personajes inspiradores de sus retratos durante toda una vida: las vacas. Este desenlace terminaría en el cubo de basura, nunca llegaría a rodarse.

Con un final diferente al que había imaginado en principio, Medem logra concretar su primer largometraje, sí, Vacas (1992), y participa en el Festival de Cine de Berlín donde despierta gran curiosidad entre el público y empieza a captar el interés de los críticos. A comienzos del mes de octubre del mismo año y del otro lado del planeta, en la capital de Japón, el filme recibiría el Gran Premio de Oro en la quinta entrega del Festival Internacional de Cine de Tokio. Según la información difundida por los medios impresos el premio había sido acompañado de una suma de dinero cercana a los dieciséis millones de pesetas.

Doce meses después la opera prima de Medem recibiría otra distinción, esta vez en el Festival Internacional de Cine de Alejandría, en Egipto. Una noticia que al parecer causó gran confusión en la agencia de noticias Efe porque en su reporte, que era leído en miles de salas de redacción de todo el mundo, se aseguraba que la premiada había sido “La película Vacas, de Juanma Bajo Ulloa […]” (13) . El gazapo salió impreso el 13 de septiembre de 1993 en el Diario 16, que titulo así: “Premios para Bajo Ulloa y el grupo de teatro experimental UR”. Sin embargo, periódicos como La Vanguardia de Barcelona, entregaban a sus lectores la realidad de los hechos evitando la inexactitud de la agencia de noticias.

Para terminar la ronda de preseas, el director recibiría el Goya a Mejor Director Novel, y su obra sería galardonada por el British Film Institute como la Mejor Opera Prima, superando a filmes tan destacados como Reservoir dogs del entonces principiante Quentin Tarantino. Las noticias entonces eran alentadoras, para Medem y para el cine español, porque a principios de los noventa comenzaba a producirse una erupción de nuevos realizadores. Sólo entre 1990 y 1997 la cifra de nacientes directores asciende a 140. Vacas es una de las trece operas primas que se estrenan en España en 1992. (14) Una época en que, desaparecida la Ley Miró que proclamaba “un apoyo especial a los proyectos de nuevos realizadores o de carácter experimental”, no existía un claro y explícito soporte estatal a los primeros trabajos de directores. (15) (Estudiaremos Vacas, de forma detallada, a partir del próximo apartado).

Tras el éxito de crítica de su obra primeriza, el director vasco retoma la historia que había dejado inconclusa en esos días de escritura compulsiva en medio del bosque. Así surge La ardilla roja (1993). Su argumento, fundamentado en el engaño gira en torno a “dos perfectos desconocidos que juegan a secundar una mentira […] No puede haber otra justificación, se gustan y se desean” (16) . Él, Jota, saca ventaja del (supuesto) estado amnésico de Sofía, la chica a la que rescata en la playa, imponiéndole un nombre: Lisa, y ciertos patrones de conducta. ¿Quién juega con quién? ¿Quién no miente? Esta vez el realizador toma una ruta arriesgada valiéndose de un montaje fragmentado que al parecer tiene un hilo conductor confuso, difícil de descifrar. La forma del filme es muy sugerente y se resiste a ser encasillada. Ya nos alertaba Samuel R. César en la revista Dirigido: “No os creaís los comentarios simplistas y reduccionistas que leeréis sobre La ardilla roja”. (17)

Pero claro, comentarios de ese tipo abundaron en los diarios. “[La película] es una colección de secuencias prodigiosamente rodadas pero prácticamente inconexas”, afirmaba Miguel Ángel Fernández en El Siglo; (18) por su parte, su colega Carmen Puyó de El Heraldo de Aragón aseguraba que “al final, se descubre que la obra no es perfecta, que le falta solidez, que hay bastantes aristas, que a veces sobran las imágenes impactantes”. (19) Desoyendo a los críticos —como siempre hizo—, el director Stanley Kubrick mostraría su abierta simpatía hacia este segundo largometraje del director vasco. Discusiones aparte, La ardilla roja sería uno de los filmes españoles con mayor recaudación en ese año.

La Tierra y el Círculo Polar
Para la realización de su tercera obra, Tierra (1995), el que definía como su proyecto más arriesgado y personal, contaba con un presupuesto de 330 millones de pesetas; un poco más del doble de lo que había costado su ópera prima. Aunque esta vez no tenía problemas de dinero sí existía uno, quizás más grave: el actor que debía encarnar al protagonista de su obra, Antonio Banderas (que ya empezaba sus coqueteos con Hollywood), siempre encontraba una disculpa nueva para hacerlo aplazar el rodaje.

El tiempo corría y la estrella de Átame no aparecía. Cuando la paciencia de Medem se colmó optó por llamar a Carmelo Gómez, viejo conocido suyo, él había sido la espina dorsal de Vacas y el antagonista (o algo así) en La ardilla roja. La trama, en síntesis: un hombre, compuesto a su vez por dos ‘habitantes’ que comparten su cuerpo y su mente: Ángel (que intenta anclar en tierra) y su Ángel (su otro yo que le habla desde el cosmos), que ha asumido la labor de acabar con la plaga de cochinilla causante del raro sabor del vino de la comarca, se encuentra entre dos amores: Ángela (angelical y pura como su nombre) y Mari (ninfa deliciosa). ¿Quién se queda con este particular ser? No es tan sencillo como parece.

La película que se rueda en los campos de Cariñena (Zaragoza) le reporta la gran alegría y el honor de haber sido seleccionada para competir en la muestra oficial del Festival de Cine de Cannes en 1996. Y mientras Julio Medem paseaba por la playa francesa con el sueño de llevarse un premio, Gabriel García Márquez visitaba en Madrid a su amigo Felipe González y era titular obligado en la prensa española por el lanzamiento de su libro –que él calificaba como “un buen reportaje”– Noticia de un secuestro (20)..

No hubo galardón para Tierra, sí para Secrets and Lies, de Mike Leigh, que recibiría la Palma de Oro; y el Gran Premio del Jurado sería para la crudísima Breaking the Waves, de Lars von Trier. De vuelta a la Península Ibérica, y a la realidad nacional, la creación del director donostiarra tuvo que soportar duras críticas cuando llegó a las pantallas. “Y apostillar que cuando Medem considere oportuno que su cine, genial a rachas, fluya de verdad a la altura de los ojos, en vez de irse a buscar el hiperespacio, será un placer ver y hablar de sus películas”, escribía E. Rodríguez Marchante, en su reseña en el ABC. (21) La mayoría de comentarios iban por el mismo camino. Como consolación el filme obtendría tres premios Goya (22) y sería elegida por los lectores de El País de las Tentaciones, uno de los suplementos juveniles de mayor popularidad, como la mejor película de 1996.

Dos años más tarde estrenaría su cuarto largometraje, Los amantes del Círculo Polar, un guión que había gestado en uno de los periodos más dolorosos de su vida. Huía del pasado (como la protagonista de su filme más reciente, Lucía y el sexo), de un tormentoso recuerdo reciente: la ruptura con su pareja, la mujer con la que había vivido dieciocho años y con la que había tenido dos hijos. Decidió marcharse a París donde se atrincheró en casa de su hermano. Ahí empezó a surgir la que será su película más triste hasta el momento y culminará con un inevitable desenlace trágico: “Me sale así y me hace sufrir muchísimo”, pero a la vez, explicaba el director, “me viene bien porque hay mucha catarsis”. (23)

El filme cuenta la sufrida historia de amor que surge entre dos niños, Ana y Otto, a la edad de ocho años. El arrebato amoroso seguirá acompañándolos en su adolescencia y despertar sexual, los alejará recién llegada la adultez e intentará juntarlos a los veinticinco años, pero, cuando están a punto de reencontrarse después de un largo tiempo de distanciamiento, un histérico bus atropella a la chica que sale disparada por el piso hasta quedar inmóvil como un maniquí, ante el asombro de su amado, quien contempla su bello rostro inerte del que se escapa una lágrima, y lo llevará congelado para siempre en sus pupilas. Fin, tristeza, y esta vez muchos aplausos para Medem que consigue críticas muy favorables de periódicos tan influyentes como The New York Times (24), participa en el Sundance Film Festival y recibe muy buenos comentarios de la prensa y las revistas españolas del género: “Gélida, aritmética y férreamente controlada, Los amantes del Círculo Polar, puede parecer a simple vista, la película más ardua de Medem: quizá lo sea, pero se trata también de la que contiene las mejores escenas de su filmografía […] (Es) una de las grandes películas –españolas o no– del año”, afirmaba Jordi Costa, que había calificado el filme con cinco estrellas, en la revista Fotogramas. (25) Mientras, Carme Tierz, de Imágenes escribía que “es, definitivamente, una película redonda. Un guión brillante”. (26)

Lucía, el sexo y la fama
Cuando se anunció el lanzamiento de su nueva obra: Lucía y el sexo, casi todos los españoles (incluso los que no habían oído hablar jamás del director vasco) se habían enterado de la fecha de su estreno: 24 de agosto de 2001. Ésta, al lado de Los otros, de Alejandro Amenábar, eran dos de las producciones nacionales más publicitadas durante el año, ambas distribuidas por Sogecable, uno de las dependencias (tentáculos) del gigantesco grupo (pulpo) Prisa. La nueva historia de Medem gira en torno a una chica, Lucía, que al creer que su novio escritor, Lorenzo, ha muerto, decide escapar hacia la soledad de una isla, y en ésta irá rememorando por retazos su vida junto a él, al mismo tiempo que descubrirá otros sucesos que conectan su pasado con el presente, como si todo formara parte de las páginas de una novela llena de “ventajas”, con un hoyo en la mitad, uno por el que se puede escapar y volver al inicio de nuevo. El argumento generaba gran expectativa. El estreno se acercaba.

Un anuncio publicitario que ocupaba toda la página veinticinco del periódico El País (también del pulpo Prisa) informaba que la nueva historia de Julio Medem sería exhibida casi en una treintena de salas de todo Madrid (27). Varios carteles estratégicamente colocados en las estaciones de metro o en las vías principales contribuían a la labor de difusión, ¡qué lejos estaban los días de Vacas! Y su poquísima propaganda y su casi inexistente campaña comercial. Sin embargo, la enorme expectativa generada serviría también para que ciertos críticos de cine estuvieran aguardando con sigilo para afilar las lanzas de sus comentarios y el ácido de su palabras. Otros, como Ángel Fernández Santos, seguiría reprochándole a Medem lo mismo que en el pasado: “Julio Medem retrocede en ésta, su nueva película, Lucía y el sexo, a los desajustes de guión y dirección que llenaron de altibajos y achicaron el alcance de sus otras dos películas, La ardilla roja y Tierra […] Y las maravillas que ilumina la mágica luz del filme […] se nos nieblan y apagan un poco, heridas por la imprecisión, derivada de un exceso de autoría -¿por qué Medem no dejó el remate del guión en otras manos más hábiles?- que hubiera tenido fácil remedio”. (28)

Cinco años antes el redactor se cuestionaba lo mismo, sólo que se refería a Tierra, “Medem, ya maestro en dirección, es un escritor corto”, (29) y lo traía a cuento de nuevo en su reseña de Los amantes del Círculo Polar, en 1998, “¿Por qué, desde el control de producción no se ha pedido un diagnóstico a un par de solventes guionistas profesionales, que no dudo hubieran detectado sobre el papel tales desajustes? [en la estructura del filme]”. (30)

Medem, quien siempre se ha considerado mejor escribiendo que realizando, (31) escuchaba las críticas desde un fortín seguro, desde la cierta calma que le daba el saber que su película conectaba con el público y marchaba bien en taquilla. Al final del año, según el reporte de la revista Academia, su ‘Lucía’ había logrado recaudar 817.504.481 de pesetas (4.913.300,885 euros), ubicándose como la cuarta película nacional más taquillera, sólo por debajo de Los otros (4.364.753.450), Torrente 2: misión en Marbella (3.678.209.027) y Juana la loca (910.276.204). (32) A comienzos del 2002 su filme, a pesar de contar con diez nominaciones para los Premios Goya, recibiría sólo dos. Se le escapaban los galardones más importantes, Mejor Película y Mejor Dirección, ambos recayeron en Los otros, de Amenábar.

Pero tendría mejor suerte en los Estados Unidos. El 28 de junio de 2002 el realizador vasco fue elegido por el público como el mejor director en el Festival Internacional de Cine de Seattle, obteniendo la Golden Space Needle. Sin embargo, la carrera comercial de Lucía y el sexo, que hasta mediados de agosto de ese año había recaudado más de un millón de euros en el país del Tío Sam, no tuvo un trayecto tan favorable como en España; de hecho, dos diarios norteamericanos, The Seattle Times y The Seattle Post Intelligencer, vetaron toda publicidad del filme en sus páginas “por el contenido explícitamente sexual de la película”. (33)

Algunas semanas después, Gabriel García Márquez (que por sus problemas de salud se había dejado ver más bien poco en los últimos años) volvía a ser protagonista de buenas nuevas. Se informaba que el primer volumen de sus memorias, Vivir para contarlo, que se centra en “la vida de sus abuelos maternos y los amores de su padre y su madre [hasta 1955]”, (34) saldría a la venta en la temporada de otoño. (35) Seguramente Julio Medem, quien trabaja en la escritura de su próximo filme que rodará de nuevo en territorio vasco, habrá sentido una inmensa alegría al enterarse. Quizás, al ver la foto de Gabo en el periódico habrá recordado sus épocas febriles de juventud cuando descubría Cien años de soledad y sumergido en un Macondo lleno de Aurelianos y José Arcadios, y luego de gringos de una compañía bananera, soñaba con ser director de cine, mientras las vacas lo observaban serenamente desde el monte. Quizás, Vivir para contarla, reposa ahora en la mesa de noche del director vasco.

Por Patxo Escobar (escrito en 2003)

Notas:

1-Con esta exactitud se detalla en el texto de Eligio García Márquez Tras las claves de Melquíades, Bogotá, Editorial Norma, 2001. p. 22.
2-Así lo anota Plinio Apuleyo Mendoza en su libro El olor de la guayaba, Barcelona, Mondadori, 1994, p. 96.
3-Señala Jacques Joset, quién tuvo a su cargo la undécima edición de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Madrid, Cátedra, col. Letras Hispánicas, 2001, p. 27.
4-Carlos Fernando Heredero, Espejo de miradas: Entrevistas con nuevos directores del cine español de los años noventa, Alcalá de Henares, Fundación Colegio del Rey, 1997, p. 552.
5-Una pregunta que formularía el pequeño Otto en los primeros momentos del filme Los amantes del Círculo Polar.
6-Hecho que se cuenta en Carlos Fernando Heredero, 20 nuevos directores del cine español, Madrid, Alianza Editorial, 1999, p. 249.
7-Entrevista con Julio Medem realizada por el autor de este ensayo, el 14 de febrero de 2001.
8-Heredero, Entrevistas, p. 554.
9-Ibid., p. 567.
10-Rob Stone, Spanish Cinema, Longman, Pearson Education, Essex, 2002, p. 161
11-Heredero, Entrevistas, p. 569.
12-Ibid., p. 572.
13-El subrayado es mío, evidentemente.
14-Heredero, Entrevistas, p. 24.
15-Román Gubern, José Enrique Monterde, Julio Pérez Perucha, Esteve Riambau y Casimiro Torreiro, Historia del cine español, Madrid, Cátedra, tercera edición, 2000, p. 402.
16-La ardilla roja, press book.
17-Dirigido, n. 213, mayo, 1993.
18-El Siglo, Madrid, 24 de mayo de 1993.
19-El Heraldo de Aragón, Zaragoza, 27 de mayo de 1993.
20-El libro saldría a la venta el 16 de mayo de 1996 como se anunciaba en el diario El País del día anterior.
21-ABC, 27 de mayo de 1996.
22-En las categorías de Mejores Efectos Especiales y Mejor Música.
23-Entrevista realizada por el autor de este ensayo el 14 de febrero de 2001.
24-De eso queda constancia en la reseña de Janet Maslin, “‘Lovers of the Artic Circle’: in the stars”, en The New York Times, 7 de abril de 1999.
25- Jordi Costa, Fotogramas, septiembre, 1996, p. 14.
26-Carme Tierz, ‘Los amantes del Círculo Polar, Nada es casual’, en Imágenes, n. 174, octubre de 1998, p.121.
27-El País, 24 de agosto de 2001.
28-Ángel Fernández Santos, ‘Un exceso de autoría’, en El País, 24 de agosto de 2001.
29-Ángel Fernández Santos, en El País, 26 de mayo de 1996.
30-Ángel Fernández Santos, ‘El largo instante de un bello relato de amor’, en El País, 30 de agosto de 1998.
31-Heredero, Entrevistas, p. 565. Medem lo dice así: “Aunque no lo parezca, y lo digo porque eso es lo que leo en algunos sitios, yo me considero mejor guionista que director. Como realizador tengo muchas frustraciones y bastantes limitaciones”.
32-Academia: Revista del cine español, n. 31, Invierno, 2002. [recaudaciones hasta el 22 de noviembre de 2001].
33-El País, 16 de agosto de 2002.
34-El País, 1 de septiembre de 2002
35-El primer capítulo de las memorias de Gabo, Vivir para contarla, salió a la venta en España el jueves 10 de octubre, de 2002.

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