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La tormenta, los ataques de pánico y los antídotos: una carta para todos aquellos que sufren de trastornos de ansiedad (como yo)

Escribí este texto pensando en un viejo amigo que estuvo hospitalizado debido a una crisis nerviosa

Nos ha pasado a todos, Nico (aunque Nico no sea tu nombre)*. Nos ha pasado a todos. Esta mañana, mientras trotaba por las calles de Bogotá y el olor metálico del humo de los buses viejos lograba atravesar mi tapabocas, pensaba en ti. Me dijeron que habías tenido una recaída y estabas en hospital. Otra crisis nerviosa. Un derrumbe momentáneo. Una lluvia persistente que se mete dentro de tu cerebro e inunda todo, como lo hizo Ida en Nueva York. La tormenta deja sus huellas pero siempre se desvanece. Salí a correr porque en mi cerebro también había nubes negras cargadas de aguas oscuras. Y corro, pero no huyo; corro para estar conmigo y con mis pensamientos en movimiento. Respiro. Sudo. Ese es uno de mis medicamentos principales contra la ansiedad, el dolor, la angustia y el miedo.

La semana pasada, Nico, tuve un fuerte ataque de pánico. Otro. Hace rato no vivía un episodio tan molesto y tan largo. Fue en la madrugada. Me levanté, fui al baño, vi mi rostro en el espejo, algunas memorias se despertaron, llegué a la cama temblando. La embestida del miedo empezó a provocar los síntomas habituales. La asfixia. El latido explosivo del corazón. La niebla mental. Cólicos. La idea de morir en medio de la oscuridad. La sensación de desmayo (que es nueva, Nico, se quedó conmigo después de tener un desvanecimiento al tercer día de la covid-19; a principios de junio). El pánico quería sacarme de la cama, quería que repitiera mis actos pasados, que saltara del colchón y corriera al piso de arriba donde me tiraría en el suelo esperando, jadeante, el final.

Durante estos años ansiosos he aprendido que cuando llega el panic attack es mejor no salir de la cama. Quedarme ahí, sin oponer resistencia, resulta una estrategia más eficaz. A veces tiro la almohada al piso. Aguardo bajo las cobijas en posición de savasana (o postura del muerto). Tendido boca arriba, con los pies algo separados y las manos extendidas a cado lado y las palmas hacia arriba. Y respiro.

Te dejo este tutorial de Xua Lan para que puedas comprender mejor el savasana (o postura de el muerto)✌️

Gotas, pastillas, el vacío

La tormenta está ahí, me desborda, quiere que pierda el contacto con mi cuerpo, quiere que me quede eternamente habitando la inundación de mis pensamientos catastróficos. Yo nado, suavemente, entre sus aguas. A veces (muchas) me hundo, pero salgo a flote y logro activar la llave maestra de la conexión con mi ser, la respiración. Inhalo. Exhalo. Y al inhalar sé que inhalo. Y al exhalar sé que exhalo. La tormenta de imágenes mentales intenta abrirse paso, pero no hay espacio para ella cuando se respira, Nico. Cada inspiración, cada espiración, es un paso hacia el momento presente. No importa la embestida salvaje del pánico, cuando me conecto con la respiración siento que, al igual que Scarlett Johansson en Black Widow, he encontrado un borde, una estructura metálica, un soporte donde aferrarme y evitar mi caída hacia el vacío.

Respiré durante eternos minutos. Horas, tal vez. Y cuando los primeros rayos del sol comenzaron a rodear los bordes del blackout que cubre la ventana de mi habitación, en medio del cansancio –solo los que hemos vivido estos ataques entendemos el profundo agotamiento–, agradecí a la vida por una nueva mañana y por haber resistido la tormenta. Años atrás, cuando el pánico y yo apenas comenzábamos a conocernos, solo encontraba la calma con algunas gotas de clonazepam, medicamento que me recetó el primer psiquiatra que diagnosticó mi cuadro de ansiedad. En aquellos días no entendía qué pasaba en mi mente (la dueña de mis desastres), no sabía cómo operaba mi sistema nervioso autónomo, el encargado de activar mi mecanismo de defensa o huida (fight or flight); no reparaba en todos los estresores que habían causado –durante años, de manera crónica– este insoportable estado de alerta.

Sentía miedo al levantarme. Sentía miedo al intentar dormir, y llegó el insomnio, que te desgasta, te agota. Y la fatiga, Nico, tú lo sabes, es una fiel amiga del pánico. Solo me calmaba con las gotas de Rivotril –un anticonvulsionante–, con las pildoritas de escitalopram –un famoso inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina–, y redescubría las letras de Andrés Calamaro. “Seguí con el ‘rivo’ / pero ni te juntes con el músico furtivo”, Mi funeral 11. “Antes pan / Ahora clonazepán / Pastillas, la última esperanza negra / Podés pedirle pastillas a tu suegra”, Clonazepán y circo. (Nota: Los medicamentos psiquiátricos solo los debemos tomar bajo la prescripción de nuestros especialistas. Automedicarse puede empeorar las crisis de ansiedad, el pánico o la depresión)

Herramientas para la tormenta

Hoy, casi seis años después, libre de ‘rivo’ y de ansiolíticos, dos de mis principales medicinas son el deporte (trotar, saltar, caminar) y los ejercicios de respiración. Ese dúo, con un combo del que luego te hablaré de manera más profunda: la meditación, una buena y saludable alimentación, la psicoterapia, la autogestión, el amor, la aceptación, las lecturas, la escritura, la música, el yoga, los aceites esenciales, los adaptógenos, ¡el magnesio!, el uso moderado de las redes sociales –temas de los que hablado sin descanso en los capítulos de T.A.P.: The Anxiety Project–, fueron la base primordial de mi sanación. Y sé que serán los pilares de la tuya. Pero depende de nosotros, Nico. De ti. De mí. No de los químicos que nos ofrecen las farmacéuticas que, claro, nos pueden echar un cable durante una temporada, hasta que logremos estabilizarnos. Después, con una dulce disciplina –que nos ayude a crear nuevos hábitos–, constancia, terapia y un cambio de estilo de vida –y de pensamiento–, nos convertiremos en nuestro mejor antídoto.

Todavía nos quedarán muchas más noches de tormenta. En la vida hay primavera y lluvias torrenciales, pero tendremos más conocimiento y herramientas –remos y botes salvavidas– para afrontarlas. Seguro que cuando leas esto, Nico, ya habrás salido del hospital y los días de reposo en aquella habitación silenciosa serán una anécdota. Cada día comenzamos de nuevo. Hoy, aquí y ahora, en el eterno presente, se disuelve la ansiedad que nace de un futuro inventado; nos liberamos de la tristeza que proviene de un pasado que ya no existe, y celebramos la vida con y sin inundaciones.

*Esta carta es para Nico, o para Dani o para Héctor, para Vane o Leo, para ti, para todas y todos los que viven a diario las calamidades causadas por Lady Anxiety & Lord Commander Panic. Si quieres saber más sobre el tema, te invito a visitar T.A.P.: The Anxiety Project, en Youtube.

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