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Por fin recorro ‘La carretera’ del buen Jack Kerouac (a cien años de su nacimiento)

Los libros siempre nos esperan, ellos no tienen prisas. Eternas décadas después, llego a las páginas de esta novela escrita en 1957

Sucede. Abres aquel libro del que todos tus amigos escritores, periodistas, dementes, y almas en pena, te han hablado. Tú tienes algo más de 20 años y quieres convertirte en el sucesor de Truman Capote, y sabes que tienes que leer mucho, especialmente lo que te recomiendan tus amigos escritores, periodistas, dementes y almas en pena. Pero, sucede, no te conectas con aquel libro. Y sientes una inmensa culpabilidad. Ellos aseguran que aquel texto es una obra de arte y tú no entiendes por qué. Lees dos páginas, te vas. Lo intentas de nuevo, lo cierras. Y luego lo metes en un lugar de tu biblioteca donde, probablemente, morirá o será rescatado en algún momento inesperado.

Eso me pasó con la novela On the Road (1957), del escritor estadounidense Jack Kerouac (1922-1969). Trataba de leerla desde hacía décadas. La primera vez que lo intenté tendría, quizás, 23 o 24 años. Leí el inicio y no quedé ‘hechizado’, como se supone que pasaría. Vinieron otros intentos. Algo no me dejaba avanzar. Luego me regalaron otra edición, En la carretera. El rollo mecanografiado original. La guardé. La miraba de reojo de vez en cuando. Siempre había sentido una gran simpatía por lo que representan Kerouac y sus amigotes de la generación beat (si no sabes de ellos, al hacer click en el enlace podrás leer un artículo sobre el tema publicado en el diario ABC). Aún así, La carretera y yo no encontrábamos una ruta de unión.

En la carretera: El rollo mecanografiado original (primera edición en español, abril de 2009)

Hace algunos meses, a finales de febrero (o a inicios de marzo) de este 2022, a mis 48 años, Kerouac y yo por fin pudimos comunicarnos. Cada mañana leo, despacio, unas cuantas páginas de esta magnífica novela –Dios, ¡maldita y endiablada prosa la de Jack!–, antes de comenzar mi rutina habitual: editar textos, algunos muy bonitos, otros aburridos como el culo de un político; escribir algunas líneas o colgar algún video para seguir alimentando mi proyecto sobre la ansiedad y el pánico: T.A.P.: The Anxiety Project; o redactar algunas líneas de algún artículo que me hayan encargado –suelen ser de salud o salud mental–; antes de todo eso, leo a Jack. Y esa lectura me da la chispa y la fuerza para continuar el día. Si te gusta escribir, por favor lee esta novela, recorre la ruta que propone su autor. Cada mañana, hago un esfuerzo tremendo para detenerme y no seguir leyendo. Quiero continuar, pero, al mismo tiempo, quiero devorarla toda dándole pequeños mordiscos, como si se tratara de un turrón de almendras artesanal traído de tierras catalanas, de esos que en mi país, Colombia, cuestan sumas obscenas.

Sucedió, más de dos décadas después, sucedió. Los libros te esperan, con su generosa y silenciosa paciencia. Gracias, Jack, por aguardar por mí; gracias por escribir En la carretera, y por darle a mis grises mañanas bogotanas tantos viajes en autostop, tantos kilómetros de conversaciones increíbles con el buen Neal, o esos momentos irrepetibles en presencia de Bill (el escritor William Burroughs) y sus orgones, que son «átomos vibratorios atmosféricos del principio de la vida. La gente enferma de cáncer porque se queda sin orgones» (p. 147, de la edición que he mencionado).

Hoy no quería escribir sobre la ansiedad ni el pánico, solo quería celebrar el milagro de la lectura. Sin embargo, si eres visitante frecuente de esta página, sabes muy bien que leer y escribir son dos poderosísimas herramientas para alejar a Lady Anxiety. Hoy sentí la necesidad de escribir al recordar una de las frases de En la carretera, «No tengo nada que ofrecer a nadie más que mi propia confusión» (p. 181).

Más sobre Jack Kerouac y los suyos, en este artículo de El País de España. Gracias por llegar hasta aquí, no sé de dónde vienes, tampoco a dónde vas, pero gracias por aterrizar en este site.

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