Ataques de ansiedad / ¿Sirve ir al psiquiatra?

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Ansiedad y Pánico
Patxo Escobar. Ataque de Pánico

Hace una semana, en Casa Santamaría (en la calle de los anticuarios), tuve la fortuna de ser el speaker invitado de Creative Mornings Bogotá para hablar de la ansiedad, la mía, la que conozco, la que sufro y con la que he aprendido a convivir. Estas ‘mañanas creativas’ se llevan a cabo de manera gratuita en más de 170 ciudades del planeta, se realizan desde 2008 (aquí hay más información) y son un escenario de acercamiento y aprendizaje para los que trabajamos en estos oficios “creativos”. Yo no sé si alguien habrá aprendido algo de la charla que di, pero fue una experiencia muy emotiva, una especie de striptease del alma, con una sala llena de personas que, en su mayoría, también han convivido con el pánico. En resumen, estábamos en familia. Algunas de las cosas que conté esa mañana ya las he escrito en este site, otras las abordaré después (los de Creative Mornings grabaron la conversación y dentro de poco la tendrán disponible en su página), pero me llamó la atención que varios de los chicos que se me acercaron al terminar mi striptease (casi todos muy jóvenes), me preguntaran: “¿Crees que de verdad vale la pena ir al psiquiatra o al psicólogo si sufres de ansiedad? ¿Sirve la psicoterapia? ¿No es una pérdida de tiempo y dinero?”. 

Pienso, sobre todo, en un jovencito de 20 años (ojalá estés leyendo estas líneas) que tenía esos interrogantes. En ese momento no pudimos hablar con detenimiento. Y, si estás ahí; voy a contarte lo que he vivido en mis terapias y para qué me han servido. Así sacarás tus propias conclusiones. Comencemos por el principio. Debemos derrotar la idea idiota y errada de que al psiquiatra solo van (vamos) los “locos”. Bien le haría a la mayor parte de los habitantes de este planeta asistir a un par de citas con su ‘shrink‘. Quizás después de algunas sesiones se darán cuenta de que la felicidad que irradian en Facebook, la inteligencia que presumen en Twitter, su divertida vida de Instagram y las millas corridas registradas en la aplicación Nike+, son solo una fachada. Podés tener diez mil likes en tus redes sociales (sobre las redes y los likes, revisen este video), pero los cambiarías todos por sentir una mano que acaricie tu rostro en una noche de domingo.

Conozco casos de chicos que deciden no ir al psiquiatra para no contrariar a sus padres. Sus viejos solo piensan en lo que podría decir su “círculo social”. Mejor guardar las apariencias. Tú, niño, aguántate la ansiedad, ya se te pasará, es una bobada, eres todo un varón; eres una niña que tiene todo, déjate de pendejadas. Ir al psiquiatra es para los débiles. Propiciará los rumores de los vecinos. Tonterías. En muchos casos, para los que sufrimos de ansiedad, la terapia (de un lado) y la medicación (si es necesaria) marcarán un cambio en nuestras vidas. Así que al diablo con las “vergüenzas” y con la opinión de los demás.

Mucho pánico, poco interés

Los síntomas más comunes de una crisis de ansiedad ya los describí antes (lean este post). Nos llevan a visitar los servicios de urgencias y al final el médico general nos despide con una palmadita en la espalda: “Tranquilo, va a estar bien”. Hey, ahí está el primer error, señor médico general. La palmadita se agradece. Pero se le olvidó decir: “Todo parece indicar que tuvo un ataque de pánico. Es probable que se repita. Además de hacerse los exámenes que le mande su internista, le sugeriría hablar del tema con un psicólogo o un psiquiatra”. El primer médico que me vio en urgencias fue un buen tipo, revisó en detalle lo que pasaba con mi cuerpo. Pero no pensó en mi cerebro. Y al final este era el que me provocaba la sensación de infarto, de asfixia, de muerte segura. Tenía un mar de estiércol en mi cabeza por cuenta del trabajo excesivo, de mi autoexigencia despiadada, del maltrato que recibía y de la incapacidad de aceptar que mi vida existía más allá de la revista ‘cool‘ que dirigía. Si el doctor me hubiera sugerido ir al psiquiatra habría tenido menos semanas de oscuridad y desconsuelo. No me pasó solo a mí, un buen amigo me contó que fue muy poca la ayuda que recibió del médico de turno en urgencias cuando tuvo su primer ataque de pánico. Tampoco le sugirieron que visitara a un psiquiatra. ¿Raro, no? ¿Les parecerá tan poca cosa?

La ansiedad es un mal que ataca a diario a decenas de millones de personas en el mundo, solo en Estados Unidos se estima que 40 millones de sus ciudadanos la han sufrido. Cada día hay más noticias sobre el tema. Algunos tenistas, como Mardy Fish, reconocen abiertamente haberla padecido (pueden verlo aquí), de hecho, siempre lamentará no haber podido enfrentar a Roger Federer en el US Open, en 2012, por culpa del pánico (así lo recuerda Clarín). El príncipe Harry sabe muy bien qué es la ansiedad (esta es la nota del Huffington Post). El pánico lo han experimentado famosos como el actor Johnny Depp, la cantante Adele o el gran jefe del rock gringo: Bruce Springsteen. Este artículo de Semana (ya antes lo había compartido con ustedes), recuerda que “un reporte global publicado en 2006 en The Canadian Journal of Psychiatry concluyó que 1 de 6 personas en todo el mundo padecerá, por al menos un año, un trastorno de ansiedad en el transcurso de su vida”. A pesar de las evidencias, la ansiedad no parece ser una preocupación para los ‘especialistas’ de nuestro país. Pero, ¿será que una nación con una historia tan violenta, que creció en medio del miedo y que empieza a vivir el posconflicto, no es un escenario propicio para el pánico y la ansiedad? Ah, casi lo olvido, está bonito este programa de Radio Ambulante sobre el pánico. Aquí lo pueden escuchar.

¡Si les contara los consejos que he recibido por parte de algunos ilustres doctores nacionales! Muy buenos ellos en sus especialidades, pero te dicen: “Usted lo que necesita es relajarse más. ¿Para qué un psiquiatra?”.

Yo le cuento, doc, para qué un psiquiatra. Fue un psiquiatra, el doctor ‘V’, el que me explicó en detalle y al estilo de Plaza Sésamo qué era un ataque de pánico. De él oí por primera vez que existía una tal ‘amígdala’, que no tenía que ver con las ‘amígdalas’. “A mí ya me las sacaron, doctor”, le dije. Él se partió de risa. Sobre la amígdala que hay en nuestros cerebros pueden leer lo que les apetezca en internet, aquí hay una explicación breve y muy básica sobre su función. El doctor ‘V’ me presentó dos medicamentos (cuyos nombres no voy a decir para que ustedes no se automediquen). El primero era una ayuda ‘inmediata’, serviría para aplacar la salvaje angustia que me producía el simple hecho de existir –lo dejaría de tomar un mes después; lo uso para casos de emergencia–. El segundo debía tomarlo a diario, solo notaría su ayuda varias semanas después (pero nunca me tomé esas pastillas al pie de la letra, por miedo, por terco, porque pensaba: “yo puedo solo, no estoy tan orate”. No fue una buena idea). El doctor ‘V’ no tenía tiempo para que empezáramos una psicoterapia. Pero sus breves charlas y consejos fueron la primera y verdadera ayuda que encontré, él me enseñó que no hay de qué avergonzarse y que el mejor especialista no es Google. Ese fue el primer paso. Con él dejé de sentirme como un freak. Meses después, cuando me echaron de mi trabajo soñado y sentí que la crisis podía empeorar, comencé por fin una terapia regular con mi psiquiatra, la doctora ‘G’.

Con ella empecé a descubrir cuáles eran las causas de mis miedos, hallé que bajo ese mundo de éxito que había construido a partir de mis logros laborales, había un profundo hoyo negro, un abismo de tristeza que no paraba de llorar y de gritar. El “cuerpo del dolor” del que habla Eckhart Tolle (otros se refieren al ‘niño interior’). Un cuerpo que fui construyendo (queriendo y sin querer) a través de los años. Con Gabriela, la doctora ‘G’, he navegado por aguas profundas y sutiles. Pero, sobre todo, he aprendido a aceptar y hasta a abrazar mi ansiedad.  ¿Recuerdan al aprendiz y al señor Miyagi de The Karate Kid (1984)? Así ha sido este proceso. Ella me propone algunas lecturas. Me muestra ciertos caminos. Yo leo (o a veces no), acepto seguir ciertas rutas y otras no las exploro; porque así es la terapia, no se trata de recorrer el sendero que un sabio e infalible maestro te muestra, se trata de aprender, disentir, discutir, interpretar. Los psiquiatras trabajan con la información que les damos y a partir de ella estructuran su terapia o formulan su consejos, así que más nos vale ser detallados y sinceros.

La doctora ‘G’ me ha dado muchas herramientas para enfrentarme a mi ansiedad. Durante varios meses, bajo su atenta mirada, dejé la medicación (la de largo aliento), conocí el poder de la respiración, comencé a meditar, inicié proyectos impensados –como la serie web ‘Todo el mundo lo hace’–, empecé a valorarme por lo que soy y a dar las gracias por la suerte que tengo y por el amor que me rodea (el de Mafer, el de Antonia, el de algunos amigos). Sin embargo, ha habido baches en el camino. A comienzos del año pasado tuve una recaída fuerte (tuvo que ver, de nuevo, con un asunto laboral), la homeopatía no servía, el tapping no ayudaba, mi mente estaba demasiado activa y echaba a perder mi meditación. Tuve unos meses muy duros. Creí, como a finales de 2015, que perdería la razón. Pero la terapia fue una buena compañera. Un ancla. Una luz. La doctora ‘G’ no medica a sus pacientes desde hace varios años. Pero tanto ella como yo vimos que era necesario intentar de nuevo con el medicamento (el de “largo aliento”).

Así llegué al consultorio de la doctora ‘A’, otra psiquiatra (amiga de la doctora ‘G’), especialista en este tipo de medicaciones. Su ayuda ha sido vital. Le confesé que me daba pavor volver a la “pastilla” diaria. Era caer vencido a los pies de los químicos. “¡No quiero ser un esclavo de las pinches farmacéuticas que están acabando con el mundo!”, grité. Le expliqué que nunca había sentido los beneficios de aquel ansiolítico tan bien valorado por la comunidad psiquiátrica. “¿Te lo tomaste con juicio?”. Tuve que decirle la verdad: “No”. Siempre tomé una cantidad inferior a la sugerida, y a veces no lo tomaba. Ella fue sincera: “Ninguna pastilla te va a quitar la ansiedad. Es decir, puede ayudarte durante un tiempo, pero el medicamento solo funcionará si lo acompañas con un cambio de hábitos, con un cambio en tu vida”. Me costó entender eso del “cambio de hábitos”. Con ella encontré la hora indicada para tomarme el medicamento y hallé la dosis justa, por lo menos la que me funciona hoy; con la ansiedad no hay una “sola” fórmula infalible”.

No basta con una ‘pastilla’

Y, claro, me di cuenta de que aunque era arriesgado, debía hacer un cambio en mi manera de vivir. Ahora trabajo desde casa, gano menos dinero, pero nos alcanza para pagar las cuentas básicas y para comer bien, mire usted. Sí, algunas semanas trabajo todos los días, sin pausa, incluyendo los fines de semana, y a veces trasnocho editando o escribiendo, pero estoy en casa. En las tardes puedo esperar a que llegue mi hija del cole, en las mañanas hago la compra con mi mujer (y la veo, y hablamos y lo demás no es de su incumbencia), saco tiempo para peinar a mi perro Manolo (ya sabe que vivo aquí y que no soy solo un habitante temporal), salgo a dar mis clases de periodismo en LaSalle College, compro el pan, me tomo un café con mi amigo el fotógrafo, voy a reuniones de trabajo, doy algunas charlas. Mi vida ha cambiado mucho. Y sé que la ansiedad está ahí. A veces fiera y a veces dormida (estos últimos meses me he sentido mucho mejor). Y sé también que buena parte de  estos cambios llegaron gracias a las primeras explicaciones del doctor ‘V’, a la terapia juiciosa con la doctora ‘G’, y a la medicación y los consejos de la doctora ‘A’.

La terapia psiquiátrica me ha dado buenos resultados, pero, como se lo explicaba la doctora ‘G’ al periodista Camilo Amaya de Semana (hoy editor de revista SoHo): “(la ansiedad) es un tema muy complejo que se ha abordado desde muchas disciplinas como la psiquiatría, el psicoanálisis, la psicología energética, la sociología, la neuropsicología, entre otros. Y todos esos puntos de vista son ciertos y deben integrarse en su manejo”. No basta con una sola cosa. A mí sirve la terapia, la meditación, la medicación, trotar, caminar, agradecer, brindar con agua y sin vino, leer, escuchar música, ver pelis idiotas, hacer muecas frente al espejo, una buena charla. No hay una sola manera de tratar la ansiedad.

Por último. También conozco casos de amigos que, después de largos años de visitas a su psiquiatra, piensan que terminaron más ‘fritos’ que cuando empezaron sus sesiones. Uno de mis primos, reconocido médico internista, que también ha sufrido de ansiedad, me dijo que la terapia no le ayudó mucho, pero que la lectura de La perfecta salud de Deepak Chopra le cambió la vida. Insisto, yo solo puedo hablar desde lo que he vivido. Ah, y con respecto a la medicación: se requiere paciencia. Hay que trabajar de la mano con nuestro psiquiatra para poder saber si vamos en la dirección correcta. Desconfíen de aquel que los medica de inmediato sin una charla detallada antes de la prescripción. Cambien de especialista si, al inicio de este proceso de medicación, no tiene tiempo para atenderlos y les aplaza las citas. Ese periodo es crucial. Todos somos diferentes y podemos reaccionar de maneras distintas a la píldora o a las gotas, así que necesitaremos un psiquiatra que tenga tiempo para darnos respuestas, orientación y comprensión. Hace poco se publicó un artículo en el que se decía que un alto porcentaje de pacientes medicados no estaban tomando la medicina que en realidad les servía. De otro lado, no todos los que sufren de ataques de ansiedad necesitan medicación.

Espero que estos párrafos hayan servido para aclarar algunas dudas. Las escribí, especialmente, pensando en vos, aquel tímido joven de 20 años que me interrogó después de la charla de Creative Mornings, y al que no tuve tiempo de responderle de la manera debida. Si quieren contar sus experiencias sobre la ansiedad y que las discutamos en este site, háganmelo saber escribiendo a patxito73@gmail.com. Gracias por leer estos textos, por compartirlos; y todavía nos queda mucho por agregar sobre el tema. ¡No estamos solos, fuerza!

PD: la foto que abre este post fue tomada por mi amigo Ricardo Pinzón el viernes 18 de diciembre de 2015. Ese día tuve mi primer ataque de pánico. Después de estar acostado en ese sofá me iría a casa y de ahí a la clínica. Ese fue el inicio de este largo periodo de aprendizaje.

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¿Quién soy? ¿Qué he hecho? Aquí: Patxo Escobar

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